martes, 25 de octubre de 2016

XXIII Carta al destino. Albacete, 25 octubre, 2016.

Estimado Sr Eddie,

Buenas noches, que malo es cuando suena Ennio Morricone al ritmo de Cinema Paradiso.

¿Qué tal va, qué es de usted? Por aquí, el calor de verano ya ha desaparecido hace semanas, y parece que el paraguas no tiene pensado tomar vacaciones por ahora, últimamente, tiene trabajo.

Hoy es un día de esos en los que el estruendoso silencio, invita a la paz y la soledad, pero sin rebosar los limites ¿Comprende? Bueno, ni siquiera yo se lo que acabo de decir.

El otoño ya hace días que se instaló en la llanura manchega, y poco a poco va pintando los frutales de ocres y verdes pastel. Ya van desvaneciendo algunas de las hojas hasta el suelo o el cauce del Júcar, desplomadas, alegres por la sombra fresca y aliviadora que estos meses atrás han ofrecido, pero a su vez melancólicas y pesadas por la incertidumbre del invierno próximo.
¿Qué será de ellas Sr Eddie?

¿Sabe una cosa? Hoy me encuentro cansando…
Estoy cansado de que tomo el mundo piense que mi generación y las próximas al 94, somos unos vagos y unos incompetentes, que no trabajamos, que no sabemos lo que “vale un duro”.
Que pena… Cuantas veces he oído decir eso de: -Yo con tu edad…-
No es cierto nada de eso.

No es que no queramos trabajar, es que no nos dejan. No es culpa de nadie o quizás si, que seamos quienes debemos de pagar las consecuencias de los que no pensaron en las consecuencias. Somos la generación más preparada de la historia, la más culta, la más ansiosa y competente, pero también la más desmotivada…

Sabemos dos idiomas, incluso tres. Somos los más preparados globalmente, los primeros en pensar en las consecuencias para la tierra y la naturaleza. Los que más hemos viajado y conocido otras ideas, otras culturas, otros pensamientos….

Tenemos ganas, queremos comernos el mundo.

¿Sabe una cosa? Hoy me encuentro cansando… pero no podrán conmigo.

Me encuentro como esa hoja del ligero cauce del rio, atardeciendo en una tarde de octubre, con paz, en calma y dejando que la corriente me empuje hacia algún lugar, donde sea.
Imagino que será cosa del tiempo.

Marcho a cenar Sr Eddie, pues ya he oído bocear mi nombre desde la cocina.

Me alegra saber de usted después de tanto tiempo, y aquí termina una confesión más enviada con las corrientes del agua, para que de una forma u otra, sean empujadas hasta la puerta de su morada.
Mis más cordiales saludos,

Manuel Candel