XXXIV Carta al destino. Albacete, 28 de abril de 2025
Estimado Sr Eddie,
Dicen que casi siempre se puede sacar algo positivo de las circunstancias más complejas, y así lo estoy haciendo.
A eso de las 12:30 en mitad de una mañana de mucho trabajo, llegó el apagón. Hoy ha sido el día de buscar en los cajones los viejos transistores de pilar, y por supuesto, buscas pilas que todavía tengan algo de energía. Y así ha sido en casa, hemos tenido que bajar la radio del abuelo que preside la estantería, y después de muchos años en silencio, ha sido ella quién nos ha devuelto a la vida social, que ironía.
Cuentan que toda la península, Portugal y el sur de Francia, se encontraban en este estado. Y ahora que todo precisa de un enchufe para funcionar, es momento de salir a la terraza y enchufar los sentidos para disfrutar del piar de los pájaros, leer, e incluso para escribirle Sr Eddie, hasta que el ocaso nos mande a todos a dormir después de tomar un bocado a la luz de las velas.
Es curioso, hoy que no hay aparatos de comunicación, hemos hablado con todos los vecinos, para ver si necesitaban o necesitábamos algo. Unos cabreados, otros inquietos, y yo, sereno y tranquilo. Al menos no molestaran los ruidos de los televisores. Es cierto, que también es inquietante, imaginar las avenidas de las ciudades más grandes en la más absoluta oscuridad, y posiblemente, sea el escenario de una jornada llena de robos y saqueos. Siendo honesto, es lo que más me preocupa junto a los mayores que necesitan ayuda, o incluso a las necesidades de los hospitales. Por lo demás, estamos bien.
Me pregunto cómo se encontrarán sus familiares y amigos. ¿Cómo lo estarán viviendo la prima María, la prima Mari, Amada, Shere, Adri…? Espero que estén todos bien.
Ahora que todo depende como en la prehistoria de la luz del Sol, pienso en los momentos vividos en la DANA de Valencia, manteniendo las distancias, por esa incertidumbre de quienes se quedaron sin ningún tipo de suministro, y con el barro hasta el cuello.
Recuerdo el momento en que cuando en casa daban la ultima hora en el informativo, Valencia se encontraba bajo el agua. La que es la ciudad de la luz, las flores y del color comenzaba su peor pesadilla en décadas, en siglos.
Algo dentro de mí, me empujó a tomar la decisión de movilizarme, no pude esperar. Fui al pueblo a por las botas de agua, cargué el coche con cepillos y alimentos para llevar a la familia y amigos, y en el último momento coincidí con un amigo en un centro comercial que se disponía también a emprender el viaje hacia tierra de levante. Quedamos dos horas más tarde en la puerta de su casa, y con más miedo que un cerdo en época de matanza, marchamos rumbo a Valencia, dando una enorme vuelta de casi 70 kilómetros para poder llegar, ya que todo había sido arrasado.
Dormimos y a la mañana siguiente partimos rumbo a Paiporta. Fueron muchos los kilómetros andados con rígidas botas de agua, y las escobas clavándose en el hombro. Cruzamos aquel famoso puente de la solidaridad, en el que, si el estruendoso silencio de toda aquella gente era desolador, todavía lo era más la situación en la bajada. El campo y las huertas, estaban desolados. Los coches salpicaban el paisaje, casi todos boca abajo. Las palmeras en el suelo, las copas de los naranjos que aún quedaban en pie, llenas de basura de toda índole…
Un camino que poco a poco se acercaba a una realidad semejante a un lugar en guerra. El barro subía por encima de los tobillos, y cada paso era un gran esfuerzo, pero más lo era mantener la emoción.
No tardamos en encontrar un punto para donar los alimentos, y mucho menos una casa donde ayudar.
La primera, fue un bajo de una pareja que se acababa de casar, era la casa de la familia del chico y la habían arreglado meses antes con todos sus ahorros. Estuvimos casi 4 horas sacando barro y agua A mediodía, paramos a tomar un bocado sin apenas hambre, pero deseando quitarnos las mascarillas para poder respirar, pero era casi que peor. Un hedor insoportable cubría todo el ambiente.
Salimos a la calle, un vecino nos contó cómo vivió los peores momentos en su coche, sobre un puente de acceso a Paiporta, viendo coches y personas arrastrados por la fuerza del agua, rezando por su familia…
Esa tarde, en alerta también, me apresuró para hacer una visita antes de marcharme, un abrazo que rompió todos los sentimientos por ver a quienes más habían ocupado mis pensamientos, sin podernos comunicar con ellos.
Estaban sanos, parece fuerte, pero no todos corrieron la misma suerte. Ni siquiera su vecino de enfrente.
Me di prisa para volver, mientras comenzaba a chispear, yo sin cobertura como todos, sin saber si mis amigos seguían donde estaban, mientras las sirenas retumbaban por todas partes…
Recuerdo ver a una niña llorando en un punto de reparto de alimentos, llamando desesperada a su padre, menos mal que el señor apareció enseguida.
Ayudamos en Paiporta, Sedaví, un parque entero que limpiamos en Alfafar, y si en algo me impactaron todos esos lugares además del caos, fue la fortaleza humana de ayudar a quienes ni siquiera se conocían, teníamos que unirnos mientras nuestros dirigentes jugaban al “tú la llevas” antes de enviar ayuda a todas esas zonas.
Fueron 5 días en los que de noche teletrabajaba, y de día hacia lo posible por mantener todas las ampollas de mi cuerpo fuera de mi preocupación, había que quitar barro.
Las calles estaban llenas de historias amontonadas entre el lodo: vestidos de novia, árboles de Navidad, juguetes, bicicletas, álbunes de fotos…
Aunque siempre evitaba mirar demasiado dentro de los coches, por el miedo a ver algo desgarrador.
Recuerdo la última casa donde estuvimos, un bajo de arquitectura típica valenciana, de esas de azulejos de Manises. Fue en casa de Esperanza, quien parecía no parar de repetir: “tot a hacer puñetas”…
Meses después he regresado varias veces, y aunque no a velocidad de crucero, poco a poco han regresado las flores a la tierra del color… pero queda mucho por hacer, y muchas víctimas por las que exigir justicia.
Comienzo a quedarme sin luz para escribir, hoy romantizaré eso de ducharme a la luz de las velas, esperemos que esto no dure mucho, si no, las neveras se tendrán que vaciar irremediablemente.
Hoy si me acostaré temprano, le envío estas humildes palabras de manos de alguna iluminada luciérnaga, para que las haga llegar a la puerta de su morada.
Mis más cordiales saludos
Manuel Candel

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